De la integración a la diferenciación
Finalicé el post anterior, mencionando la necesidad de comprender el hecho y la importancia de la integración, y su estrecha relación con un liderazgo de calidad superior, muy por encima de lo habitual.
Una persona madura no necesita que los demás sean iguales a ella. Reconoce las diferencias. Acepta perfectamente que otros piensen de otra manera. Puede distinguir entre “no estoy de acuerdo contigo” y “no acepto que pienses diferente”. La primera permite y estimula la relación y la comunicación. La segunda es una amenaza. Una estructura psicológica madura permite diferenciarse sin romper el vínculo existente.
La persona madura percibe y siente que puede mantener su posición y, al mismo tiempo, reconocer la legitimidad del punto de vista de los demás. Puede defender una idea y estar dispuesto a modificarla. Puede tener autoridad y no necesitar utilizarla para imponer sus ideas. Puede ser responsable de una decisión y, al mismo tiempo, aceptar que otros tengan una idea mejor.
Por lo señalado, queda claro que es una capacidad esencial para facilitar la integración y, en consecuencia, para estar en capacidad de ejercer un liderazgo de calidad superior al promedio.
Integrar no significa estar de acuerdo
Quiero detenerme aquí porque esta cuestión es importante a lo largo de toda la serie. Integrar no significa conseguir que todos estén de acuerdo. Una organización madura no es aquella en la que todos piensan igual. Es aquella en la que las diferencias pueden expresarse y utilizarse para comprender mejor una realidad compleja. Puede existir una discusión intensa. Puede haber desacuerdo. Puede haber posiciones enfrentadas e incluso conflicto. La diferencia está en la manera de percibir, gestionar y vivir esa situación y conflicto.
En una relación inmadura, la discusión puede convertirse en una lucha por ganar. En una relación más madura, la discusión puede convertirse en una oportunidad para aprender y comprender. No se trata de demostrar: “Yo tengo razón”. Se trata de descubrir: “¿Qué podemos aprender de nuestros puntos de vista diferentes?”. Todo lo indicado para que funcione bien requiere de un liderazgo maduro.
El poder y la madurez
Estos contenidos adquieren una importancia todavía mayor cuando hablamos de actividades de liderazgo. Porque el líder siempre dispone de poder y de la autoridad del cargo. Y ambos pueden utilizarse de maneras muy diferentes.
Una persona insegura puede utilizarlos para protegerse. Puede controlar las interacciones. Puede cerrar rápidamente una discusión. Puede impedir que determinadas opiniones lleguen a expresarse. Puede interpretar la discrepancia como una amenaza. Pero una persona madura puede utilizar exactamente ese mismo poder y su autoridad de forma completamente diferente. Puede utilizar su posición para hacer posible que los demás aporten y participen. Puede preguntar: “¿Cómo lo veis vosotros?”
Puede realmente escuchar. Puede permitir que alguien diga: “No estoy de acuerdo.” Puede aceptar una idea mejor que la suya. Y puede decidir cuando sea necesario. Su autoridad no desaparece; simplemente se transforma según la manera como decida ejercerla.
La autoridad no depende de saberlo todo
Este es otro punto que considero importante. El líder maduro no tiene que ser necesariamente la persona que más sabe. Ni tiene que tener todas las respuestas. Su responsabilidad es mucho más exigente: crear las condiciones para que el conocimiento y la inteligencia de las personas interactúen.
Esto requiere una seguridad interna personal suficiente para no sentirse amenazado cuando otra persona tiene una idea mejor. Y aquí comenzamos a comprender por qué la madurez psicológica tiene tanta importancia para el liderazgo. Especialmente para un liderazgo de calidad superior.
Porque no basta con conocer las técnicas de participación y de trabajo en equipo. Hay que estar psicológicamente preparado para aceptar realmente las consecuencias de la verdadera participación. No basta con decir: “Quiero que me deis vuestra opinión”. Hay que estar dispuesto a escucharla. Y todavía más: estar dispuesto a permitir que genere modificaciones.
El líder maduro no necesita protegerse de los demás
Quizá esta sea una de las diferencias más profundas. El líder inmaduro puede experimentar a las personas que le rodean como posibles amenazas: quien sabe más puede quitarle protagonismo; quien discrepa puede cuestionar su autoridad; quien tiene una buena idea puede competir con él; quien señala un error puede dejarlo en evidencia.
Sin embargo, el líder maduro puede experimentar exactamente lo contrario. Puede pensar: “Cuanto más capaces sean las personas que me rodean, mejor podrán funcionar el departamento y la organización”.
En este caso, el conocimiento de los demás deja de ser una amenaza. Se convierte en un valioso recurso. La discrepancia deja de ser un problema; se convierte en información valiosa. El error deja de ser únicamente algo que hay que ocultar. Puede convertirse en aprendizaje. Y la autoridad deja de ser principalmente un instrumento de control y pasa a convertirse en un instrumento para hacer posible que los demás aporten abiertamente sus ideas y de esa forma conseguir mejores resultados.
Una nueva forma de entender la seguridad
Llegados a este punto, podemos formular una idea que considero fundamental. Se trata de que la seguridad psicológica del líder no consiste en lograr que los demás estén de acuerdo con él, sino en mantener su propia solidez, aunque a veces algunos discrepen.
Esta es una diferencia verdaderamente notable. En la primera necesita controlar el entorno; la segunda permite abrirse al entorno. En la primera, la persona tiende a protegerse. En la segunda intenta aprender. En la primera necesita defender permanentemente la propia posición y en la segunda puede modificarla cuando aparece una razón mejor. Y es aquí donde comienza a aparecer algo nuevo en las formas de integración, la inteligencia colectiva.
Hacia la inteligencia colectiva
Si una persona puede diferenciarse sin aislarse, escuchar sin sentirse amenazada, aceptar la discrepancia, reconocer los conocimientos de los demás y modificar su propia posición cuando aparece una idea mejor, entonces puede comenzar a ocurrir algo extraordinario. Las diferentes inteligencias presentes en un equipo pueden empezar a realmente interactuar.
Una persona aporta una experiencia. Otra introduce nueva información. Una tercera cuestiona un supuesto. Otra descubre una consecuencia que nadie había visto. Y poco a poco las diferentes perspectivas pueden comenzar a transformarse mutuamente en una idea o solución mejor.
Es entonces cuando aparece una comprensión que ninguna de las personas tenía individualmente al comenzar. Y esto es mucho más importante que sumar opiniones. Es construir una comprensión nueva a través de la interacción. Cuestión central del próximo post.
La inteligencia colectiva requiere de un líder maduro
Quizá uno de los mayores errores que cometemos al hablar de liderazgo consiste en pensar que el valor de un líder depende fundamentalmente de lo que él sabe, de sus competencias. Cuando quizá su verdadero valor está, en buena medida, en su capacidad para conseguir que lo que saben todos se ponga en el tablero de juego.
Cuando eso sucede, la inteligencia de un grupo llega a superar la suma de sus inteligencias individuales. Pero para que esto ocurra hacen falta determinadas condiciones. Y una de las primeras descansa precisamente en la madurez psicológica de quienes participan y, muy especialmente, en la del líder, quien crea y protege el espacio donde esa inteligencia puede emerger y fructificar.
Este tema continúa en el post #5: “La inteligencia colectiva y el líder maduro”
https://www.amazon.es/dp/